Horas después de anunciar que había resuelto uno de los problemas más relevantes de la historia de las matemáticas, OpenAI modificó en silencio el artículo científico en el que lo demostraba para citar a los humanos que trabajaron durante años en la solución que la IA encontró en horas. La primera versión, publicada a las 17.29 del 8 de septiembre (hora del Este de EE UU), no incluía entre sus referencias los trabajos de Diego Córdoba y Luis Martínez-Zoroa, los matemáticos españoles cuyo método es la base sobre la que se construye toda la prueba que soluciona uno de los llamados problemas del milenio.
La compañía tecnológica reconoce así que se apoyó en el trabajo de los investigadores españoles. Charles Fefferman, el experto de Princeton que formuló el problema, confirma que el resultado presentado de la IA es la solución al reto
La compañía tecnológica reconoce así que se apoyó en el trabajo de los investigadores españoles. Charles Fefferman, el experto de Princeton que formuló el problema, confirma que el resultado presentado de la IA es la solución al reto


Horas después de anunciar que había resuelto uno de los problemas más relevantes de la historia de las matemáticas, OpenAI modificó en silencio el artículo científico en el que lo demostraba para citar a los humanos que trabajaron durante años en la solución que la IA encontró en horas. La primera versión, publicada a las 17.29 del 8 de septiembre (hora del Este de EE UU), no incluía entre sus referencias los trabajos de Diego Córdoba y Luis Martínez-Zoroa, los matemáticos españoles cuyo método es la base sobre la que se construye toda la prueba que soluciona uno de los llamados problemas del milenio.
Tres horas más tarde, a las 20.04, esas citas ya habían aparecido, junto con algunas referencias que, según usuarios de Mastodon, contenían guiones bajos como si fueran marcadores de posición sin rellenar. El blog que acompañaba el anuncio no mencionó ese cambio en ningún momento. Ambas versiones quedaron archivadas en Wayback Machine (una plataforma que sirve como notario de lo publicado en la red), lo que permite compararlas línea por línea.
Levent Alpöge, el matemático de Anthropic que junto a Tristan Buckmaster había avanzado semanas antes en un problema relacionado usando el mismo método, sigue sin aparecer citado en ninguna versión del artículo. De este modo, OpenAI reconoce el trabajo de los matemáticos independientes en los que basó el desarrollo, pero no el de la competencia: su gran rival, Anthropic.
La empresa niega que el cambio tenga que ver con las críticas. Preguntada por si utilizó el trabajo no publicado de Buckmaster y Alpöge para orientar a su modelo, OpenAI respondió en la red social X: “No usamos sus prompts ni sus pruebas para dirigir a nuestros modelos o agentes”, aunque matizó que, “aunque improbable, no podemos descartar que datos derivados del uso de nuestros productos ayudaran a mejorar nuestros modelos”.
Preguntado por EL PAÍS, el matemático Charles Fefferman —quien redactó en 2000 el enunciado oficial de este importante problema matemático para el Instituto Clay— ha confirmado a que el resultado presentado por OpenAI es, en efecto, la solución al problema tal y como él lo formuló. El matemático matiza, eso sí, que para estar “totalmente convencido” de su corrección exigirá, más allá de la verificación automática en el lenguaje Lean —que cree ya completada—, una reescritura del artículo en prosa matemática clásica y una lectura minuciosa por parte de varios expertos: un proceso, calcula, que llevará varios meses. Fefferman traza una línea clara sobre a quién pertenece la idea original: la disputa por el crédito, señala, es “entre el equipo de OpenAI y el de Buckmaster y Alpöge”, ya que ambos construyen sobre las ideas “seminales” de Córdoba y Martínez-Zoroa, quienes, por lo demás, no están directamente implicados en la pelea. Fefferman
El episodio no es un caso aislado: la revista Scientific American ha documentado que otros dos de los diez resultados matemáticos que OpenAI ha atribuido a su modelo Astra incorporaban ideas de papers anteriores sin citarlos correctamente, lo que ha llevado a algunos matemáticos a hablar abiertamente de “mala praxis académica” y a que se replanteen la forma en la que se comunican y se atribuyen los hallazgos.
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